Gabriel Escamilla

Todo empezó cuando decidí por error de la naturaleza llegar a este mundo.

Después de muchos sufrimientos y penas, tuve la oportunidad de ser abandonado en el seno de una familia acomodada (dormían 7 personas acomodadas en una sola cama) en los suburbios del estado de Puebla .

Cuando nací era tan feo pero tan feo, que el doctor en lugar de darme una nalgada, me dio una cachetada y después golpeó a mi mamá, quien no sabía si quedarse conmigo o con la placenta.

Posteriormente el doctor fue con mi padre y le dijo: “Sr, hicimos lo que pudimos, pero desafortunadamente, nació vivo”.

Las visitas de mi madre, siempre le preguntaban al verme en la cuna: “Oye, ¿te aliviaste o te desparasitaste?

El padre, en lugar de bautizarme me practicó un exorcismo y en el bolo en lugar de aventar el padrino dinero, hizo una coperacha para pagarme un cirujano plástico que ayudara a mi reconstrucción.

De niño fuí tan feo, pero tan feo, que un día mi mamá me llevó de camping y en la noche, los coyotes prendieron fogatas para que no me acercara a ellos.

Era tan feo que cuando jugaba al escondite nadie me buscaba y por las noches, mi “angelito de la guarda” dormía en la habitación de al lado.

Pronto me di cuenta que mis padres me odiaban, pues mis juguetes para la bañera eran un radio y un tostador eléctrico.

Hablando de mis padres, una vez me perdí, y le pregunté al policía si creía que íbamos a encontrarlos; me contestó: “No lo sé; hay un montón de lugares donde se pudieron haber escondido”.

Mis padres tenían que atarme un trozo de carne al cuello para que el perro jugara conmigo.

Cuando era pequeño (esto fue antes de que yo creciera), me secuestraron. Los secuestradores mandaron un dedo mío a mis padres para pedir recompensa. Creo que mi madre no me quería mucho porque les contestó que quería más pruebas.

Era tan feo que el psiquiatra me hacía acostar boca abajo. El psiquiatra me dijo un día que yo estaba loco. Yo le dije que quería escuchar una segunda opinión. “De acuerdo, me dijo; además de loco es usted muy feo”, me dijo.

Era tan feo que tiré un boomerang y éste no regresó nunca más y cuando fui a la casa de los espantos… regresé con una solicitud de empleo.

Mi única ventaja era que para poder quitarme el hipo, solo bastaba con mirarme al espejo.

Por eso estoy aquí. Porque siendo locutor de LA ZETA e integrante A LOS REZIDENTES, parece que la gente ya no me ve tan feo. ¡Hasta soy famoso! Y ahora mi pareja hasta se anima de vez en cuando a besarme (con los ojos cerrados claro), ya que hasta la fecha sigo siendo virgen.

Espero que algún día llegues a querer conocerme y no me juzgues por mi apariencia ni me quieras aventar cacahuates o comprarme como mascota.

Gracias por hacerme tan feliz con tu presencia, y por hacerme olvidar por un momento las dificultades de vivir en esta vida.

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