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La Reflexión

Día a día una reflexión diferente que hará que cambies tu forma de ver las cosas.

El valor de la mujer 30 May 2019

Cuenta una leyenda que al principio del mundo, cuando Dios decidió crear a la mujer, encontró que había agotado todos los materiales sólidos en el hombre y no tenia más de que disponer. Ante este dilema y después de profunda meditación, hizo esto:

Tomó la redondez de la luna, las suaves curvas de las olas, la tierna adhesión de la enredadera, el trémulo movimiento de las hojas, la esbeltez de la palmera, el tinte delicado de las flores, la amorosa mirada del ciervo, la alegría del rayo del sol, y las gotas del llanto de las nubes, la inconstancia del viento, y la fidelidad del perro, la timidez de la tórtola, y la vanidad del pavo real, la suavidad de la pluma del cisne, y la dureza del diamante, la dulzura de la paloma, y la crueldad del tigre, el ardor del fuego, y la frialdad de la nieve.

Mezcla tan desiguales ingredientes, forma la mujer y se la dió al hombre. Después de una semana vino el hombre y le dijo:

– Señor, la criatura que me diste me hace desdichado, quiere toda mi atención, nunca me deja solo, charla intensamente, llora sin motivo, se divierte en hacerme sufrir y vengo a devolvértela porque NO PUEDO VIVIR CON ELLA.

-Bien, contestó Dios y tomó a la mujer.

Pasó otra semana, volvió el hombre y le dijo:

– Señor, me encuentro muy solo desde que te devolví a la criatura que hiciste para mi, ella cantaba y jugaba a mi lado, me miraba con ternura y su mirada era una caricia, reía y su risa era música, era hermosa a la vista y suave al tacto. Devuélvemela, porque NO PUEDO VIVIR SIN ELLA.

¡Sigue adelante! 17 May 2019

Una joven conducía junto con su padre. Se toparon con una tormenta, y la joven le preguntó a su padre: ¿Qué debo hacer?
Dijo: ‘Sigue conduciendo’.
Los coches empezaron a orillarse hacia afuera de la carretera, la tormenta estaba empeorando.
‘Que debo hacer.’
-preguntó la joven.
‘Sigue conduciendo’, respondió su padre.
A unos cuantos metros, se dio cuenta de que un trailer también se estaba orillando.
Ella le dijo a su papá: ‘Debo detenerme, apenas puedo ver adelante. Es terrible, y todo el mundo se está orillando!’
Su padre le dijo: ‘¡No te rindas, sigue conduciendo!’
Ahora la tormenta era terrible, pero ella nunca dejó de conducir, y pronto pudo ver un poco más claramente. Después de un par de kilometros volvió a estar en tierra firme, y salió el sol.
Su padre le dijo: ‘Ahora puedes parar y salir.’
Ella dijo: ‘¿Pero por qué ahora?’
Dijo: ‘Cuando salgas, mira atrás a todas las personas que se rindieron y todavía están en la tormenta, porque nunca te rendiste, tu tormenta ha terminado.

Las Manos de Mi Padre 13 May 2019

Un joven fue a solicitar un puesto importante en una empresa grande. Pasó la entrevista inicial e iba a conocer al director para la entrevista final. El director vio su CV, era excelente. Y le preguntó:

-“¿Recibió alguna beca en la escuela?” el joven respondió “no”.
-“¿Fue tu padre quien pagó tus estudios? ”
-” Si.”-respondió.
-“¿Dónde trabaja tu padre? ”
-“Mi padre hace trabajos de herrería.”

El director pidió al joven que le mostrara sus manos.

El joven mostró un par de manos suaves y perfectas.

-“¿Alguna vez has ayudado a tu padre en su trabajo? ”
-“Nunca, mis padres siempre quisieron que estudiara y leyera más libros. Además, él puede hacer esas tareas mejor que yo.

El director dijo:

-“Tengo una petición: cuando vayas a casa hoy, ve y lava las manos de tu padre, y luego ven a verme mañana por la mañana.”

El joven sintió que su oportunidad de conseguir el trabajo era alta.

Cuando regresó a su casa le pidió a su padre que le permitiera lavar sus manos.

Su padre se sintió extraño, feliz pero con sentimientos encontrados y mostró sus manos a su hijo. El joven lavó las manos poco a poco. Era la primera vez que se daba cuenta de que las manos de su padre estaban arrugadas y tenían tantas cicatrices. Algunos hematomas eran tan dolorosos que su piel se estremeció cuando él la tocó.

Esta fue la primera vez que el joven se dio cuenta de lo que significaban este par de manos que trabajaban todos los días para poder pagar su estudio. Los moretones en las manos eran el precio que tuvo que pagar por su educación, sus actividades de la escuela y su futuro.
Después de limpiar las manos de su padre, el joven se puso en silencio a ordenar y limpiar el taller. Esa noche, padre e hijo hablaron durante un largo tiempo.

A la mañana siguiente, el joven fue a la oficina del director.

El director se dio cuenta de las lágrimas en los ojos del joven cuando le preguntó: -“¿Puedes decirme qué has hecho y aprendido ayer en tu casa?”

El joven respondió: -“lavé las manos de mi padre y también terminé de asear y acomodar su taller”

-“Ahora sé lo que es apreciar, reconocer. Sin mis padres, yo no sería quien soy hoy. Al ayudar a mi padre ahora me doy cuenta de lo difícil y duro que es conseguir hacer algo por mi cuenta. He llegado a apreciar la importancia y el valor de ayudar a la familia.

El director dijo: “Esto es lo que yo busco en mi gente. Quiero contratar a una persona que pueda apreciar la ayuda de los demás, una persona que conoce los sufrimientos de los demás para hacer las cosas, y una persona que no ponga el dinero como su única meta en la vida”. “Estás contratado”.

La manzana que quería ser una estrella 29 Mar 2019

¡Momento de Reflexionar!
Aprender a buscar dentro de nosotros nos conducirá a más caminos que buscando fuera.

¡No esperes a tener para actuar! 13 Mar 2019

Una lechera llevaba en la cabeza un cubo de leche recién ordeñada y caminaba hacia su casa soñando despierta. Como esta leche es muy buena, – se decía – dará mucha nata.
 
Batiré muy bien la nata hasta que se convierta en una mantequilla blanca y sabrosa, que me pagarán muy bien en el mercado. Con el dinero, me compraré un canasto de huevos y, en cuatro días, tendré la granja llena de pollitos, que se pasarán el verano piando en el corral. Cuando empiecen a crecer, los venderé a buen precio, y con el dinero que saque me compraré un vestido nuevo de color verde, con tiras bordadas y un gran lazo en la cintura. Cuando lo vean, todas las chicas del pueblo se morirán de envidia. Me lo pondré el día de la fiesta mayor, y seguro que el hijo del molinero querrá bailar conmigo al verme tan guapa.
Pero no voy a decirle que sí de buenas a primeras. Esperaré a que me lo pida varias veces y, al principio, le diré que no con la cabeza. Eso es, le diré que no: ‘¡así! ‘

La lechera comenzó a menear la cabeza para decir que no, y entonces el cubo de leche cayó al suelo, y la tierra se tiñó de blanco. Así que la lechera se quedó sin nada: sin vestido, sin pollitos, sin huevos, sin mantequilla, sin nata y, sobre todo, sin leche: sin la blanca leche que le había incitado a soñar.

Un hombre triste, muy triste… 6 Mar 2019

Había una vez un muchacho que vivía en una casa grande sobre una colina. Amaba a los perros y a los caballos, los autos deportivos y la música. Trepaba a los árboles e iba a nadar, jugaba al fútbol y admiraba a las chicas guapas. De no ser porque debía limpiar y ordenar su habitación, su vida era agradable.

Un día el joven le dijo a Dios:

– He estado pensando y ya sé qué quiero para mí cuando sea mayor.

– ¿Qué es lo que deseas? – le pregunto Dios.

– Quiero vivir en una mansión con un gran porche y un jardín en la parte de atrás, y tener dos perros San Bernardo. Deseo casarme con una mujer alta, muy hermosa y buena, que tenga una larga cabellera negra y ojos azules, que toque la guitarra y cante con voz alta y clara. Quiero tres hijos varones, fuertes, para jugar con ellos al fútbol. Cuando crezcan, uno será un gran científico, otro será político y el menor será un atleta profesional. Quiero ser un aventurero que surque los vastos océanos, que escale altas montanas y que rescate personas. Y quiero conducir un Ferrari rojo, y nunca tener que limpiar y ordenar mi casa.

– Es un sueño agradable – dijo Dios-. Quiero que seas feliz.

Un día, cuando jugaba al fútbol, el chico se lastimó una rodilla. Después de eso ya no pudo escalar altas montanas, grandes, y mucho menos surcar los vastos océanos. Y como no podía ni siquiera trepar árboles, estudió mercadotecnia y puso un negocio de artículos médicos. Se casó con una muchacha que era muy hermosa y buena, y que tenía una larga cabellera negra. Pero era de corta estatura, no alta, y tenía ojos castaños, no azules. No sabía tocar la guitarra, ni cantar. Pero preparaba deliciosas comidas chinas, y pintaba magníficos cuadros de aves sazonadas con exóticas especias.

A causa de su negocio, el hombre vivía en la ciudad, en un apartamento situado en lo alto de un elevado edificio, desde el que se dominaba el océano azul y las centelleantes luces de la urbe. No contaba espacio para dos San Bernardo, pero era el dueño de un gato esponjado.

Tenía tres hijas, todas muy hermosas. La más joven, que debía usar silla de ruedas, era la más agraciada. Las tres querían mucho a su padre. No jugaban al fútbol con el, pero a veces iban al parque y correteaban lanzando un disco de plástico… Excepto la pequeña, que se sentaba bajo un árbol y rasgueaba su guitarra, entonando canciones encantadoras e inolvidables.

Nuestro personaje ganaba suficiente dinero para vivir con comodidad, pero no conducía un Ferrari rojo. En ocasiones tenía que recoger cosas, incluso cosas que no eran suyas, y ponerlas en su lugar. Después de todo, tenía tres hijas.

Y entonces el hombre se despertó una mañana y recordó su viejo sueño.

– Estoy muy triste – le confió a su mejor amigo.

– ¿Por qué? – quiso saber este.

– Porque una vez soñé que me casaría con una mujer alta, de cabello negro y ojos azules, que sabría tocar la guitarra y cantar. Mi esposa no toca ni canta, tiene los ojos castaños y no es muy alta.

– Tu esposa es muy hermosa y buena – respondió su amigo-. Hace cuadros maravillosos y sabe cocinar delicias. (Pero el hombre no lo escuchaba).

– Estoy muy triste – le confesó a su esposa un día.

– ¿Por qué? – inquirió su mujer.

– Porque una vez soñé que viviría en una mansión con porche y un jardín en la parte de atrás, y que tendría dos San Bernardo. En lugar de eso, vivo en un apartamento en el piso 47.

– Nuestro apartamento es cómodo y podemos ver el océano desde el sillón de la sala – repuso ella. Tenemos amor, pinturas de aves y un gato esponjado… por no mencionar a nuestras tres hermosas hijas. (Pero el hombre no la escuchaba).

– Estoy muy triste – le dijo en otra ocasión a su psicoterapeuta.

– ¿Por que razón? – pregunto el especialista.

– Porque una vez soñé que era un gran aventurero. En vez de ello, soy un empresario calvo, con la rodilla lesionada.

– Los artículos médicos que usted vende han salvado muchas vidas – le hizo notar el analista. (Pero el hombre no lo escuchaba).

Así que el terapeuta le cobro 110 dólares y lo mandó a casa.

– Estoy muy triste – le dijo a su contador.

– ¿Por qué? – indagó este.

– Porque una vez soñé que conduciría un Ferrari rojo y que nunca tendría que ordenar mis cosas. En vez de ello, utilizo el transporte público, y a veces tengo que ocuparme de los quehaceres.

– Usted viste trajes de calidad, come en buenos restaurantes y ha viajado por todo Europa – señaló el contador. (Pero el hombre no le escuchaba).

El profesional le cobró 100 dólares de todos modos. Soñaba con un Ferrari rojo para sí mismo.

– Estoy muy triste – le comunico a su párroco.

– ¿Por qué? – le pregunto, compasivo, el religioso.

– Porque una vez soñé que tendría tres hijos varones: un gran científico, un político y un atleta profesional. Ahora tengo tres hijas y la menor ni siquiera puede caminar.

– Pero todas son hermosas e inteligentes – afirmo el ministro. Te quieren mucho y además, han sabido aprovechar la vida: una es enfermera, otra es pintora, y la mas joven da clases de música a los niños. (Pero el hombre no escuchaba).

Se puso tan melancólico que enfermó de gravedad. Yacía postrado en una blanca habitación del hospital, rodeado de enfermeras con albos uniformes. Varios cables y mangueras conectaban su cuerpo a maquinas parpadeantes que alguna vez é mismo le había vendido al hospital.

Estaba triste, muy triste. Su familia, sus amigos y su párroco se reunían alrededor de su cama. Ellos también estaban profundamente afligidos. Solo su terapeuta y su contador seguían felices.

Y sucedió que una noche, cuando todos se habían ido a casa, salvo las enfermeras, el hombre le dijo a Dios:

– ¿Recuerdas cuando era joven y te hablé de las cosas que deseaba?

– Si. Fue un sueño maravilloso – asintió Dios.

– ¿Por qué no me otorgaste todo eso? – inquirió el hombre.

– Pude haberlo hecho – respondió Dios-. Pero quise sorprenderte con cosas que no habías soñado. Supongo que has reparado en lo que te he concedido: una esposa hermosa y buena, un buen negocio, un lugar agradable para vivir, tres adorables hijas. Es uno de los mejores paquetes que he preparado…

– Si – lo interrumpió el hombre- pero yo creí que me darías lo que realmente deseaba.

– Y yo pensé que tu me darías lo que yo quería – repuso Dios.

– ¿Y qué es lo que tu deseabas? – quiso saber el hombre. Nunca se le había ocurrido que Dios necesitara algo.

– Quería que fueras feliz con lo que te había dado – explicó Dios.

El hombre se quedó despierto toda la noche, pensando. Por fin decidió soñar un sueno nuevo, un sueño que deseaba haber tenido años atrás. Decidió soñar que lo que más anhelaba era precisamente lo que ya tenía.

Y el hombre se alivió y vivió feliz en el piso 47, disfrutando de las hermosas voces de sus hijas, de los profundos ojos castaños de su esposa y de las bellísimas pinturas de aves de esta. Y por las noches contemplaba el océano y miraba con satisfacción las centelleantes luces de la ciudad, una a una.

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